Teresa Gabaldón

     Teresa Gabaldón pertenece a una generación de mujeres formadas en Venezuela en la Escuela de Arte Cristóbal Rojas, en los años 70, por maestros de la talla de Alirio Rodríguez, las cuales participaron de un movimiento de rescate de las bondades del dibujo, como instrumento de conexión con un vocabulario propio del alma. Actualmente es profesora de la especialidad de pintura en la Universidad Nacional Experimental de las Artes, Ceca "Armando Reverón.
     La artista juega con la imagen de la flor en un cuadrado yuxtaponiéndola al color puro en otro cuadrado, al extremo de separar el fondo de la figura a la manera de un espejo. Sus flores constituyen una narración sentida desde el color, el movimiento, la composición.
     El rojo, el verde o el negro se convierten en el kekkai japonés, o espacio sagrado del vacío, de donde emerge la resonancia de la imagen, su silencio, la cual intensifica la percepción de la silueta de una flor en llamas o la quietud de un lirio sobre el agua.
En la pintura de Teresa Gabaldón el cuadrado de color es el lugar de la deidad dual occidental, el cual contiene lo sagrado y lo violento en una sola área, el rojo es el espejo del cuadrado de la forma; el blanco y negro de la flor. Ese gesto, esa flor, es el punto que lo devela todo, en superficies, alturas, colores… es una manera de exponer desde el susurro, casi desde el silencio.


     "Se sigue a la flor como motivo, forma y signo en toda la obra pictórica de Teresa Gabaldón. En su génesis, surge al margen como una orla tal vez manierista o barroca en sus escenas de alcoba, con sábanas y almohadas que registraban algún encuentro antes ocurrido, ausencias más que presencias. Esa temporalidad frágil, fugaz, esa transitoriedad quedó entonces como refrendada en la efimeridad misma de la flor. Luego la flor (las flores) viene a ocupar todo el espacio pictórico, se vuelve ese espacio, y también se vuelve tema, ya exclusivo en su pintura.
     Desde ese momento y hasta ahora, su acercamiento tan personal y novedoso a un tema cargado de tradición, incluso arriesgadamente convencional, la ha puesto a salvo de comparaciones en otros casos insalvables. No hay nada de la herencia de Brugheul de Velours, Monet o Van Gogh en su pintura, ni siquiera de artistas venezolanos como Michelena, Marcos Castillo, López Méndez, Narváez en la línea de quienes se inscribe sin ser su deudora: los maestros del género en el país… Y desde luego, nada hay tampoco de esa complaciente pintura de flores de aficionados.
     Esto no significa que Teresa haya ignorado los derroteros del arte de su tiempo. Cuando aborda de lleno el motivo floral a principios de los años noventa, si bien omite referencias temáticas demasiado obvias o comprometedoras, se nutre sutilmente de los lenguajes plásticos de la abstracción lírica y expresionista. Las flores –a veces híbridas, con forma de animales o conchas marinas- dialogan con un fondo, o más que un fondo una atmósfera abstracta de la que se contagian, volviéndose, antes que flores, antes que objetos figurados, largas y trémulas pinceladas, gestos, chorreados. La flor se confunde con el campo pictórico y renace de ella. Hay entonces una sensualidad, una profusión, tal vez un arrojo tropical en esa naturaleza que germina entre la materia de los pigmentos.

A fines de la década, Teresa Gabaldón parece reprimir esa tendencia al barroquismo a través de soluciones plásticas más sosegadas. Introduce unas superficies monocromáticas, aunque no uniformes, casi minimalistas, y logra así el equilibrio entre -lo pleno y lo vacío -el dibujo y la pintura -la figuración y la abstracción Ahora, en sus más recientes creaciones, se concentra la artista en la flor solitaria, en aquello que los botanistas llaman “el ejemplar”. Pero no hay ningún afán de exactitud realista –algunas flores pueden ser identificadas y nombradas por su especie, otras no- sino una decantación, una reserva muy púdica, que tal vez se haga imprescindible como una barrera protectora cuando la artista ahonda en lo íntimo: sus recuerdos, su infancia. Hay en esa nueva etapa un aspecto existencial, sentimental aun, que exige la contención de lo no dicho, del secreto.
Ese aspecto íntimo de su pintura, habría que leerlo a la luz de su rechazo a las alusiones históricas, a los simbolismos disfrazados tan propios de esta categoría de la pintura, o a su equivalente popular del “lenguaje de las flores”. La pintura de flores de Teresa Gabaldón quiere afirmar y preservar su carácter individual, la dimensión de su intimidad. Sin embargo, es insoslayable el eco del mito paradisíaco, no en su vertiente de la naturaleza virgen, sino en la del huerto cerrado, donde lo humano, aunque invisible, no deja de estar presente. Teresa pinta las flores de un jardín, es decir de la naturaleza corregida, ordenada, cuidada por el ser humano, que así deja su huella en ella. Jardín de la infancia, de un pasado irrecuperable salvo por el azaroso trabajo de la memoria: jardín que se reconstruye a partir de fragmentos, humildemente, con la ayuda de lo recordado y de lo imaginado. En la flor están implícitos la fragilidad, el desvanecimiento, la transitoriedad. Con ella crea Teresa su propia metáfora de una memoria que tiende a ser borrosa y olvidadiza.
     Esa inmersión en sus raíces no impide a la artista concentrarse en su lenguaje plástico; más aún, éste es el que otorga sentido. Sus flores son esbozos, anotaciones para fijar lo fugaz antes de su desaparición. En sus pequeños paneles, no hay una descripción, sino una intención de flor, y juntándolos, de jardín, todo inconcluso, en suspenso. Los planos dejados vacíos son como las intermitencias de la memoria. Los paneles monocromáticos y a la vez colmados de matices evocan la desmaterialización de la flor, y los contrastes, en cambio, delatan una voluntad de fijar, de dibujar con mayor precisión.
Armados en mosaicos, estos fragmentos vienen a ser como el paciente trabajo de juntar impresiones, de insistir en fijar aquello que se niega a ser fijado, de rogarle ayuda a la memoria.
     Así es como Teresa Gabaldón afianza su lenguaje con una clásica correspondencia entre medios y fines, al tiempo que renueva y profundiza un tema que podría antojársenos agotado, pero ninguno lo es cuando es soportado por la sinceridad de expresión y el dominio del lenguaje".

Federica Palomero

Fuente: analítica